Los tiempos han cambiado y las orquestas ya no son las mismas, pero la verbena sigue siendo igual de grande.
Este fin de semana son las fiestas de la aldea. Antaño eran mis abuelos los encargados de reunir a toda la familia alrededor de la mesa. Y ¡qué mesa!, allí no faltaba nadie y hay que ver lo exagerada que era mi abuela con la cantidad de co
mida, podría venir todo el pueblo y aún sobraría. Y aquellas roscas de fiesta, que sabían a gloria, ¡cómo las echo de menos! Por la noche, después de la verbena, dormíamos todos apretujados en colchones en el suelo, mis primos y yo, tipo sardinas: uno para arriba, otro para abajo, otro para arriba…Me alegro de que esta tradición no se haya perdido y que mis padres la hayan hecho suya, en su casa, en Sobrado. Allí, por estas fechas, nos volvemos a reunir todos alrededor de la mesa y aunque el menú sea diferente, sabe igual de bien. Mucho trabajo, pero merece la pena.
Y fijaros, si son especiales estas fiestas para mí, que cuando tenía 13 o 14 años conocí a mi primer “amor”. Ahora lo recuerdo con unas buenas risotadas… ¿no me pasé toda la noche con él y a última hora (5 de la mañana) me doy cuenta de que tiene el brazo escayolado?. Ya decía yo que me apretaba mucho, ya…. Y digo que fue el primer amor porque fue el primer hombre que me dijo lo de “te quiero mucho”, antes de pedirme un beso. Y ya no os cuento más, que ya sabéis mucho…
Buen fin de semana, no estoy para nadie…














