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lunes, 3 de octubre de 2011

Fin del verano, se acabó el “comercio”

Por fin se han acabado las fiestas del pueblo por este año. Esas fiestas donde no mueves el culo durante horas y horas. Horas que te las pasas alrededor de una mesa viendo pasar platos y platos de comida.

Pero esta última ha sido de órdago debido a las altas temperaturas y a que no pude decirle a mi tía que no, cuando apareció con el puchero de callos. Es que a mí me encantan, pero para todo hay un momento, ¿no? Y este fin de semana hubiera agradecido más un plato de ensaladilla que los sabrosos callos.

Y doy gracias que no haya sido como otros años, en los que comíamos alrededor de la cocina bilbaína. Este año, adecentaron la antigua cuadra que lleva más de 40 años sin usarse como tal y quedó un comedor de lo más fresco y amplio.

Quizás este año sea el último en que hagamos la comida familiar allí, pues han decidido que para usarla una vez al año, lo mejor era venderla y a la venta está desde la semana pasada. Quizás con tanta crisis haya alguien que decida volver al rural, quién sabe. Si os animáis, ya sabéis…os haremos precio especial.

Y ahora que viene el invierno (o eso dicen), nos quedaremos por aquí a recuperarnos de tantos atracones vividos durante este verano. Y vuelta a la dieta urbanita, para que luego digan que el campo es sano…

jueves, 24 de marzo de 2011

A la rica lenteja

Como todo el mundo sabe, la mayoría de las legumbres se ponen a remojo unas cuantas horas antes para ser cocinadas. Mi maridito también lo sabe. No en vano ya lleva 3 cursos de cocina de tropecientas horas, que a saber para qué le servirán….

Pero lo que no sabe, es que las legumbres una vez puestas a remojo duplican o triplican su tamaño. Increíble pero cierto…

Ayer en un arrebato de esos de “yo también vivo aquí voy hacer algo que estoy de vacaciones” planificó el menú para hoy. Menú que por cierto se comerá él y los niños, pues yo estoy a dieta. Y se decidió por unas lentejas.

Y hoy por la mañana aún media dormía, mientras el angelote descansaba plácidamente, me llevé un susto del copón… ¡¡tremendo bol lleno de lentejas!!, al límite ya del desbordamiento, sobre la encimera. Volví a cama y tocándole suavemente la sien con mi dedo índice le susurré: “¿es que esperamos visita hoy? Querido, ya puedes acercarte a un “todo a cien” y comprar vajilla, porque en casa no hay suficiente plato hondo para tanta lenteja”.

Me lo imagino a tales horas, cocinando y “achicando”.

Tenemos lentejas para dar, tomar y envasar….y como decía yo en otro post, los hombres en esto de los cálculos de medidas, andan pero que muy perdidos….

jueves, 18 de diciembre de 2008

Tarde casera

Normalmente los jueves por la tarde estoy en el “tajo”, pero hoy, me han dado la tarde libre, por eso de hacer las compras navideñas. Así que como mis compras ya están hechas, invité al espíritu navideño a entrar en mi casa y así lo ha hecho. Ha sido una tarde intensa de adornos navideños, belenes, árbol, etc….

Los niños se lo pasaron en grande colocando todo, y Laura sobre todo, no hacía más que tocar palmitas cada vez que sacaba las cosas de la caja. Lo que más le gustó fueron unas manzanas doradas que tengo a modo de bolas para el árbol. No pudo resistir la tentación de ir catándolas con sus dientes, una a una, antes de dármelas… No sé pero tengo el presentimiento de que las manzanitas, en cuestión, desaparecerán poco a poco del árbol. Al final de las navidades haré recuento.

Y después, como ya viene siendo una tradición en los últimos años, en esta casa, me encerré en la cocina y preparé un riquísimo pan de jamón. El pan de jamón es un plato típico navideño de Venezuela. La primera vez que lo probé fue en casa de mi amiga Elena, quien me enseñó también la forma de hacerlo. El pan de jamón no es más que un pan hecho con harina, huevos, mantequilla, azúcar, leche y levadura, y relleno con jamón serrano o jamón cocido, beicon, aceitunas y pasas.

Os he dejado un trocito para que lo probéis….espero que os guste.


jueves, 20 de noviembre de 2008

¡¡Socorro !! Hay un hombre en mi cocina….

Caramba! Pero si es mi marido… Está con el uniforme de cocina completo: con su delantal, con su gorro, con su paño de cocina amarrado al estilo Arguiñano, no le falta ni un detalle…. Después de observarlo, muy atentamente, a través de los cristales de la puerta de la cocina decido entrar, gira su cabeza bruscamente y me grita: ¡Virtu, ábreme el cartón de leche, rápido, que se me quema la mantequilla!

Pues menos mal que llegué en ese preciso momento, porque si no, me lo imagino abriendo el brick de leche con los dientes tipo Rambo. Una vez abierto, hago un vuelo rasante, abro mis ojos como platos y ¡no!, no consigo reconocer mi cocina…. ¡¡¡Socorro!!! En el fregadero hay 3 sartenes, un cuenco con 40 placas de lasaña en bloque (todas las que había en stock en nuestro humilde hogar), el envase de la mantequilla sin tapa, harina por todas partes, 4 cebollas sobre la mesa de la cocina, las mondas de zanahorias esparcidas entre la mesa y la encimera, la carne picada y el tomate hirviendo a borbotones en la ¿paellera?… y los azulejos??? Los azulejos chorreando porque la campana extractora estaba apagada!!. (no es que se haya olvidado, simplemente estamos muy concienciados con el calentamiento global, cambio climático y todas esas cosas). Bueno, miento, el extractor tenía la luz encendida, claro con tanta niebla (que parecía mi cocina Londres) a ver quien ve algo….

Le grito: ¿Qué demonios estás haciendo?

Me responde: Lasaña, cariño. Ahora mismo estoy acabando con la bechamel.

A pesar del desastre, tengo que reconocer que la lasaña estaba de vicio pero ahora mi cocina está cerrada a cal y canto. Y ganas me quedaron de colgar un cartel en la puerta que diga: “Se reserva el derecho de admisión” o este otro: “Pida permiso para entrar”.