Feeds RSS
Feeds RSS
Mostrando entradas con la etiqueta aldea. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta aldea. Mostrar todas las entradas

lunes, 3 de octubre de 2011

Fin del verano, se acabó el “comercio”

Por fin se han acabado las fiestas del pueblo por este año. Esas fiestas donde no mueves el culo durante horas y horas. Horas que te las pasas alrededor de una mesa viendo pasar platos y platos de comida.

Pero esta última ha sido de órdago debido a las altas temperaturas y a que no pude decirle a mi tía que no, cuando apareció con el puchero de callos. Es que a mí me encantan, pero para todo hay un momento, ¿no? Y este fin de semana hubiera agradecido más un plato de ensaladilla que los sabrosos callos.

Y doy gracias que no haya sido como otros años, en los que comíamos alrededor de la cocina bilbaína. Este año, adecentaron la antigua cuadra que lleva más de 40 años sin usarse como tal y quedó un comedor de lo más fresco y amplio.

Quizás este año sea el último en que hagamos la comida familiar allí, pues han decidido que para usarla una vez al año, lo mejor era venderla y a la venta está desde la semana pasada. Quizás con tanta crisis haya alguien que decida volver al rural, quién sabe. Si os animáis, ya sabéis…os haremos precio especial.

Y ahora que viene el invierno (o eso dicen), nos quedaremos por aquí a recuperarnos de tantos atracones vividos durante este verano. Y vuelta a la dieta urbanita, para que luego digan que el campo es sano…

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Matrioskas

Finales del mes de junio del 1976. Primera hora de la mañana. Oigo voces.

“Mariña, Mariña, desperta, hoxe veñen teus pais por ti, vas ir para Coruña”

Estas fueron las palabras de mi abuela aquella mañana de junio. Luego vino el llanto. ¿Para qué irme si allí estaba tan a gusto? En aquella casita vieja, en libertad, donde el viento se colaba por entre las rendijas del techo.

Mis padres regresaban de Inglaterra y yo tendría que venirme a vivir con ellos. Porque eran mis padres, claro. Aunque para mi, mis padres, en aquel momento, eran mis abuelos, a los que nunca dejé de llamar “papaiño" y “mamaiña”.

Supongo que hay días de tu vida que jamás se olvidan y éste, para mí, fue uno de ellos.

Aquel era mi último día de clase, mi último día en la aldea, a la que sólo volvería de vez en cuando a pasar fines de semana y vacaciones.

El camino hacia la escuela era el mismo que recorría “Fendetestas” en la famosa película “El Bosque Animado”. A través de aquellas “corredoiras” iba y venía todos los días de mi primer año de colegio. En los pies, aquellos zuecos que me había hecho mi abuelo (zuecos que vinieron conmigo para Coruña y que usé para gracia de mis nuevos compañeros, de mi nuevo colegio). Eramos tres niños en la aldea, ibamos y veníamos juntos, salvo en contadas ocasiones, que gracias a mi cabezonería, recorría yo sola.

La maestra ya estaba avisada. Aquel sería mi último día y me prometió que al finalizar la clase me entregaría un regalito, como recuerdo.

Me acuerdo que me pasé toda la mañana pensando cual sería aquella sorpresa. Pensando en que el regalo perfecto sería aquel juego de Matrioskas que adornaba una de las estanterías. Y así, con la ilusión de una niña, fue pasando la mañana, hasta que llegó el momento. Y de un cajón salió mi regalo: una revista turística de las Rías Bajas, en francés. No sé lo que hubiera dado por verme la cara, pero tengo que decir que me llevé un buen chasco, una enorme decepción. A pesar de todo, es curioso, pero aún conservo esa revista, con muchas fotografías de playas con arenas muy finas. La revista con el autógrafo de la maestra: “Para Mª Virtudes, con mucho cariño de su profesora”. El francés todavía sigo sin entenderlo.

Y hoy ha llegado a mi casa una de mis mejores amigas, Delia, con un juego de matrioskas y claro, no he podido impedir emocionarme. Éstas no son como aquellas. No son rojas, son verdes. Porque el verde es mi color favorito. Y no tienen la forma de las clásicas matrioskas, pero son muy originales. Y me han hecho mucha más ilusión que aquellas, sobre todo porque ha sido ella quien me las ha regalado, una buena amiga.


¡Qué bonitas son! ¿A que sí?

jueves, 6 de agosto de 2009

Crecen los girasoles


Últimamente ando de la ceca para la meca y viceversa, todo el día en el camino. Los niños se encuentran en periodo de asilvestramiento y de vez en cuando, a una que le entra la “morriña”, pues se acerca a ver cómo va el proceso. Y ¡madre mía!, lo que me espera en septiembre…mejor ni pensarlo.

Y ayer, paseándome por el huerto de Adri, me ha llamado la atención lo que han crecido los girasoles. Supongo que lo que ha llovido, llueve y lloverá ha tenido mucho que ver.

Adri está todo orgulloso, porque son SUS girasoles. Lo único que le preocupa es que tengan su cabecita tan gacha y me pregunta: “mami, y ¿por qué mis girasoles miran hacia abajo?, parece que están tristes…”.

Y yo le digo: “de tanto que han girado buscando el sol, se han mareado un poco y se han puesto a descansar, eso es todo”.

“Este tiempo es un asco, mami”. Me dice mientras se calza sus botas de goma.


Cierto, cierto. Pero algún día saldrá el sol, algún día…

lunes, 15 de junio de 2009

El huerto de Adri

¿Están o no están para comérselas? Una de esas lechugas acompañada con unos tomatitos cherry, apio, zanahoria rallada, setas salteadas al ajillo, taquitos de jamón y un buen chorro de aceite de oliva, sal y vinagre de módena, para que más? A Adri le encantan las ensaladas, todas las noches para cenar, una. Como dice él: "mami que lleve de todo un poquito".

Y esa acelga, ¿qué me dicen de esa acelga? ¿Habéis probado el caldo gallego con acelga en vez de berza? ¡exquisito! Aunque para gustos se pintan colores, también está la berza. Porque en este huerto hay de todo, poco pero de todo. Habas las que más, aunque las legumbres no sean el plato fuerte de Adri, se ve que son agradecidas a sus cuidados.

Pero sin duda han sido los girasoles los que se han llevado todos sus mimos. Y que a pesar de la falta de sol han brotado rápidamente y están creciendo a un ritmo que a Adri lo traen pasmado. A ver luego como tostamos esas pipas, supongo que en el horno de la abuela, en el mismo que hace ese pan tan rico.

Después de todo esto, sólo me queda decir, a los que tanto temen la crisis, que aquí en el campo, cada día más abandonado, todavía se vive bien y se disfruta de las pequeñas cosas. Y encima no se pasa hambre, Adri lo tiene claro.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Vacaciones, vacaciones, es mejor trabajar...

Lo que iban a ser unos tranquilos días de vacaciones se convirtieron en unos estresantes días de vacaciones. El jueves me entregué por entero a los centros comerciales, a las compras. Odio las compras, pero las odio especialmente en estas fechas. Y me llevé una sorpresa, porque dicen que hay crisis, y yo no sé donde está la crisis, porque la gente sigue comprando al mismo ritmo.
Así que un año más, me dispuse a echarle una mano a los Reyes y a Papá Noel, con la lista de juguetes que han preparado los peques del segundo C (para el año que se arreglen como puedan que yo, no vuelvo a colaborar, que quede claro!). Y para seis cosas que han pedido, dos estaban agotadas en casi todos los hipers, para luego encontrármelas más baratas y más cerca, en la juguetería del barrio. ¡Qué cabreo!…. Eso sí, el calor (y el olor) humano que hay en esos centros comerciales no lo encuentras en la juguetería de barrio.
Y el viernes me tocó zafarrancho de limpieza: aire de aspiradora, aire de fregona, aire de mopa, aire de plancha,…. Quedó todo como los chorros del oro. Odio las tareas domésticas, si me quedo con algo me quedo con la plancha y fregar los platos. Pero odio profundamente pasar la aspiradora y fregar los baños.
El sábado dedicamos el tiempo a los peques, nos dejamos llevar… y acabábamos a las 11 de la noche en la pizzería de Miño. Para Laura fue su primera pizza, sólo se comió el jamón y el queso, la masa no le pareció del todo interesante…
Y el domingo y hoy día de matanza en la aldea. Y tengo que decir que a pesar de estar en contra del maltrato de los animales, disfruto de la matanza. Desde muy pequeña, lo viví como algo natural, como un proceso necesario para poder comer carne de cerdo. Antiguamente en casa de mis abuelos se mataban cuatro o cinco cerdos por estas fechas, de los cuales disfrutábamos todo el año. Mi abuela los miraba siempre con lástima, antes de que llegara el matarife y nunca jamás quería estar presente en el sacrificio. Era yo la que me escapaba y miraba a través del agujero de la puerta. Y del cerdo se aprovechaba todo: el tocino, el jamón, el lacón, la cabeza, el rabo, …

Pero os tengo que confesar que si de algo disfruto comiendo, son las tripas cocidas con patatas al pimentón. Mi marido y mi hijo morirían antes de hacerlo, pero eso no me preocupa, porque así me toca mayor ración. La preparación es sencilla aunque un poco nauseabunda. Se cuecen durante un buen rato, nosotros las cocemos con medio limón, se acompañan con unas buenas patatas cocidas y un poco de pimentón picante (como el pulpo). ¡Un auténtico manjar sólo para valientes!

domingo, 17 de febrero de 2008

La piel de gallina...

Después de leer en el periódico la feliz idea que han tenido los de OhCoruña se me ha puesto la piel de gallina y he decidido irme a la aldea a relajarme....No puedo creer que la mejor alternativa al botellón sea la "barra libre". Escapa a toda lógica. Espero que los jóvenes tengan algo más de sentido común que los propios dueños de la citada discoteca, por su salud así lo espero.

La verdad es que tampoco conseguí relajarme del todo, porque Laura estuvo enferma y decidió darme "la noche", concretamente hasta las 4 de la mañana. En fin, repetiremos para el próximo fin de semana.

David se quedó por Coruña, porque está haciendo un curso de transporte de mercancías peligrosas...No sabía yo que llevarme a mi, requiriera una preparación especial. Pero ahí lo tienen, empeñadito y estudiando todo el día.

En la aldea, Sobrado dos Monxes, estuve tirando algunas fotos aprovechando que Laura dormía, os dejo unas muestras....








lunes, 19 de noviembre de 2007

Mis recuerdos: La casa de mis abuelos

La casa de mis abuelos, Juan e Isolina, fue mi primer hogar. Por lo menos es el primer hogar que yo recuerdo. Nací en Vilaboa, un pueblo cerca de Coruña, pero allí sólo estuve los primeros seis meses de mi vida. Mis padres se marcharon para Inglaterra como la mayoría de la gente de aquella época, para labrarse un porvenir y un futuro mejor, y me dejaron en buenas manos, con mis abuelos, que más que abuelos fueron mis segundos padres.

Era una casa grande pero muy humilde. Sus paredes de piedra habían sido testigos de muchas vidas durante muchos años, más de un siglo quizás. Paredes fuertes que han aguantado muchas inclemencias del tiempo y en la que yo me sentía segura con mi gente, con mi familia. Tras la gran puerta de madera, de doble hoja, se encontraba un gran recibidor que se utilizaba para almacenar hierba fresca para el ganado y leña para el invierno. Del techo colgaba una especie de percha para colgar las guadañas que se utilizaban para cortar la hierba verde y fresca del prado. De esa manera estaban fuera de mi alcance. En otro palo a modo de percha y ya puesto en una de las paredes colgaban las cuerdas necesarias para que todo lo que se traía en el carro, ya fuera hierba, leña o tojo, no se fuera cayendo de camino vuelta a casa, y también para amarrar las vacas por los cuernos.

En esta entrada había tres puertas hacia tres compartimentos. A mano izquierda teníamos una especie de trastero, muy fresco, donde se guardaban objetos que no se usaban, artesas donde se salaba la carne en época de matanzas, un pequeño molino eléctrico para moler el maíz para el ganado y el pipote de vino tinto. Tenía una pequeña ventana al exterior con contras de madera pero yo nunca recuerdo haberla visto abierta. Mis abuelos le llamaban "a forxa", porque también había una forja donde se trabajan los hierros. Supongo que en otros tiempos habría alguien que se dedicara a eso. Mi abuelo de vez en cuando también hacía cosas con hierro fundido y utilizaba el yunque para afilar las guadañas.

A la derecha teníamos una pequeña cuadra que se utilizaba para meter los terneros, lejos de las vacas. En esta cuadra, a parte de tener una puerta por donde salían los terneros cuando les llegaba la hora de mamar, había una especie de ventana por donde se les echaba la comida sin necesidad de pisar la cuadra.

En frente estaba la puerta principal de entrada, era una puerta dividida en dos mitades, con poxigo creo que se llamaba. Esta puerta era más fuerte que la primera, tenía unas bisagras y una carabilla que ni Átila hubiese podido con ella. Tras esa puerta había un pequeño pasillo donde se dividía la casa, una puerta hacia la cocina, otra puerta hacia la cuadra donde estaban las vacas y en alguna época, ovejas, e incluso una yegua, y por último unas escaleras hacía la planta alta, donde estaban las habitaciones.

La cocina era muy pequeña, más pequeña que cualquier cocina de ahora pero muy acogedora. Tenía el suelo de tierra prensada, con irregularidades, y las paredes caleadas de blanco y ahumadas por el humo de la chimenea. Era lugar de reunión de toda la familia y no éramos pocos: mis abuelos, mi tía Toñita, mi tío Tono, mi tía Carmen, mi tío Emilio y por supuesto yo. La mesa donde se comía era una mesa de levante, de esas que están colgadas de la pared y en el momento que se necesitan se bajan y se apoyan sobre una pata. Teníamos una cocina de gas butano al que mi abuelo le llamaba "funga-funga" porque no apuraba nada y hacía un ruido como si estuviera resoplando continuamente. Teníamos una alacena tapando una esquina. De madera de castaño, toda retorneada, hecha por mi abuelo, carpintero de profesión. Arriba tenía dos puertas de cristal opaco y con marcos de madera y era donde se colocaban los platos, vasos, fuentes, aceite, vinagre, sobras de comida, se colgaban las llaves, se metían documentos más o menos importantes. En el medio, tenía un hueco a la vista, donde estaba la típica radio de la época curiosamente tapada con su trapito hecho a medida de cuadros rojos y blancos y a un lado el salero con la sal gorda para las comidas. Después tenía una fila de cajones, creo recordar que eran cinco cajones: uno para los enseres más pequeños tipo cucharas, tenedores y cuchillos. Otro para los cucharones, espumaderas, piedra de afilar,…. Y el resto contenían cosas de poca utilidad pero que se iban guardando por si un día hacían falta. Y por último abajo, tenía dos puertas como arriba, pero de madera donde guardaban, sartenes y potas, ollas de barro con grasa para cocinar, etc.

En la pared del lado izquierdo de la alacena teníamos un calendario donde mi abuelo controlaba los embarazos de las vacas y calculaba cuando se iban a poner de parto. Mucho más tarde se colocó una tabla para colocar una televisión. Fuimos los primeros en la aldea en tener televisión. El primer día que se encendió casi vino todo el pueblo a verla y yo me pasé todo el día en el regazo de mi abuelo. Creo que aquello me asustaba un poco.

Al lado derecho de la alacena estaba una gran ventana con contras de madera que se cerraban cuando venía la noche. La ventana era de dos hojas y en cada hoja tenía 4 cristales y recuerdo perfectamente que el de más arriba y al lado derecho estaba siempre roto, le faltaba un trozo. Supongo que sería una forma de ventilar. Hoy en día esa ventilación se hace a través de rejillas. Debajo de la ventana estaba el fregadero. Era de cemento, con un solo grifo de agua fría (casi helada en invierno) y un agujero que llevaba el agua sucia hacia la calle. No existían las alcantarillas ni los pozos negros. Debajo del grifo se colocaba una gran tina, la última que tuvimos era azul con lunares blancos. En ella íbamos echando los platos, vasos, tenedores, etc para lavarlos después, a cada lado de la tina teníamos un espacio para ir escurriendo las cosas, al lado izquierdo las cosas pequeñas: platos, vasos,… y al lado derecho potas y demás enseres. Debajo del fregadero estaban todos los cubos donde se echaban los restos de las comidas: verduras y patatas para los cerdos o vacas, huesos para el perro o el gato, etc…Al lado izquierdo y sobre el fregadero, teníamos el cubo para echar la leche para luego por la tarde hacer el queso.

Lo más grande que tenía la cocina era la lareira, mi sitio favorito. Tenía un gran banco de madera donde mi abuelo se echaba todos los días una siesta y después otros bancos más pequeños que se utilizaban también para sentarse a la mesa a comer. Mi abuelo me había hecho uno especial para mi, pequeñito como yo, y que lo utilizaba a modo de almohada cuando dormía la siesta.

Allí hacíamos fuego para calentarnos y para cocinar. Mi abuela hacía unas tremendas tortillas de patatas, a fuego lento, que se chupaban los dedos.

También estaba el pote del agua, era inmenso, allí se calentaba el agua para bañarse y asearse, lavar los platos, hacer la comida de los animales, etc… Era nuestro calentador, rural por supuesto. Nunca hubo otro. Todos nos bañábamos por turnos y por días en un barreño de zinc al lado del fuego. Siempre me bañaba mi tía Carmen o mi tía Toñita mientras mi abuela preparaba la cena. Después me metía en el regazo de mi abuelo y siempre me decía: "apreta, apreta, corazón de manteca".

En la pared de enfrente estaba la boca del horno, donde se hacía el pan y las empanadas de tocino y chorizo. ¡Que bien olía la casa cuando se cocía el pan!

Recuerdo que mi abuela siempre se enfadaba con mi abuelo porque para calentar el horno lo primero que metía era toda la borralla y restos de madera que encontraba. Mi abuela siempre decía que aquello no hacía buen pan, que sólo se debería quemar madera limpia y seca.

Encima del fuego estaba la cambota forradita con una puntilla de cuadros rojos y blancos. Allí estaban los jabones para lavar la ropa en el río, y una lata grande de atún, vacía y muy especial. Mi abuelo todas las mañanas tenía su ritual con la lata: la llenaba con agua caliente y se lavaba cara y manos, muy tranquilamente, sin prisas.

Debajo del banco donde mi abuelo dormía la siesta teníamos un poco de leña para quemar durante el día y detrás estaba la artesa donde se amasaba el pan y donde se guardaba la harina. Encima de la artesa se colgaban los jamones, tocinos, lacones, etc que nos iríamos comiendo a lo largo del año. Los chorizos se colgaban en la lareira cuando estaban frescos y después se pasaban a otras zonas de la cocina más alejadas del fuego. El techo era de madera y tenía puntas clavadas para sujetar las varas largas con todos los chorizos. También tenía algún que otro agujerillo por donde pasaban los ratones y se comían algún que otro chorizo. Por eso mi abuela una vez secos y curados guardaba los chorizos en recipientes de barro llenos de grasa, por no gastar el aceite que era un lujo.

No lo recuerdo muy bien pero creo que la puerta de la cocina era corredera, de madera y también caleada.

Después de la cocina estaba la puerta hacia la cuadra, que tenía tres compartimentos diferentes. El de la entrada que se utilizaba como de paso y para meter ovejas si las hubiera, a mi abuelo no le gustaba especialmente ese tipo de ganado, le daba mucho trabajo. Desde ese se podía acceder a la cuadra donde se guardaba la yegua (no la llego a recordar) con puerta propia hacia el corral y a la cuadra donde se metían y ataban todas las vacas, cada una tenía su sitio propio dentro de la cuadra: las veteranas a la entrada y las más jóvenes hacia la puerta de salida al corral. Allí estaban la Cachorra, la Linda, la Toura, la Xuvenca, etc…Todas ellas muy diferentes. Me acuerdo que la más brava era la Toura, tenía la piel atigrada y era la que más trabajo daba a la hora de cuidarla. Creo recordar que la Linda era la hija de la Cachorra y eran las que se utilizaban para tirar del carro. Eran vacas del país, muy bonitas y bastante tranquilas. También teníamos otra vaca que era la más pacífica de todas y la teníamos en una cuadra detrás de donde estaban los terneros. Era nuestra reserva de leche para cualquier momento del día. Se llamaba Moura y hasta yo la podía ordeñar porque no se movía. Mi tío Tono se ponía debajo de ella en el prado, con la boca abierta, y se bebía directamente su leche. Me acuerdo que una de mis comidas favoritas eran patatas espachurradas con leche y mi abuela siempre que necesitaba leche para hacérmelas iba a ordeñar a la Moura y solucionado.

Las escaleras que subían a las habitaciones estaban al lado derecho de la puerta principal. El primer escalón era muy grande y de piedra. Mi abuela se sentaba en él, al mediodía, cuando todos descansaban, a peinarse. Tenía el pelo largo siempre atado en una trenza y siempre tapado con un pañuelo. Así que soltaba el pelo, le pasaba el peine, volvía hacer la trenza, se cambiaba el pañuelo y ya está. El resto de escalones eran de madera y bastante pendientes. Llegados arriba había dos puertas, por una se entraba a la alcoba donde dormían mis abuelos y por la otra a donde dormía el resto.

La alcoba donde dormían mis abuelos era una habitación muy oscura, a penas se veía, la luz natural entraba a través del tejado, por los huecos entre teja y teja. Y al estar justo encima, de donde se hacía el fuego, y el suelo ser de madera, casi siempre había mucho humo. Había dos camas, una donde dormían mis abuelos y otra que no se utilizaba porque ni tan siquiera tenía colchón. Allí guardaba mi abuela los zapatos y botas de todos, los chorizos que se guardaban en grasa para conservarlos y luego tenía un baúl donde guardaba su ropa. A mi me encantaba ir a curiosear a ese baúl, en el que había muchos recuerdos, entre ellos fotos antiguas, ropa antigua que me ponía a escondidas y muchas cosas más. Al fondo había un armario pero nunca me atreví a abrirlo porque estaba en una zona muy oscura y llena de telarañas, yo creo que no se utilizaba pero no lo sé.

El otro cuarto donde dormía el resto era muy grande y estaba dividido en dos partes. Cada parte tenía su ventana y había dos camas en cada una. Debajo de cada cama había su orinal de porcelana blanco.

Había un chinero donde se guardaba la loza que se utilizaba en las fiestas y más cosas. La llave del chinero la tenía guardada mi abuela en el baúl de su alcoba pero como sabía donde estaba, cuando no estaba nadie en casa, la cogía e iba a curiosear. Lo que más me llamó la atención fue un juego de monedas que una y otra vez iba a mirar. Eran 12 monedas de plata y otra de metal, todas metidas en una bolsita. Con el tiempo me di cuenta que eran las arras que utilizaron en la boda de mis abuelos o de alguien de mi familia. Pero eran muy antiguas, muy antiguas. Como me gustaría poder conservar dichas monedas, no sé que habrá sido de ellas…

También se guardaba allí un tocadiscos que trajeron mis padres en alguno de sus viajes de Inglaterra. Los discos, de Antonio Molina, Manolo Escobar etc se guardaban en uno de los cajones. Cuando no había nadie en casa, aprovechaba, ponía un disco, colocaba la aguja y lo hacía tocar girando el disco con los dedos. Porque claro, el tocadiscos no tenía pilas o las tenía gastadas casi siempre. En esa parte del cuarto se hacían las comidas el día de las fiestas, se ponía le mesa, y allí nos pasábamos comiendo y charlando todo el día. Mi abuela ese día no paraba, entre fregar todo el suelo de madera con agua, jabón y lejía, colocar y cocinar, yo creo que ni se sentaba a la mesa. A los niños nos encantaba meternos debajo de las camas y estar de cháchara. En la cabecera de cada cama había un cuadro de un santo o un crucifijo y también había un cuadro con la fotografía de los padres de mi abuelo, mis bisabuelos.

La otra parte del cuarto era más pequeña y era donde dormía yo con mis tías, aunque a veces me escapaba a meterme a cama de mis dos tíos. En esa parte había una especie de palangana para asearse, un espejo cuadrado y otro redondo, que utilizaba mi abuelo para afeitarse. Para ello, cogía su navaja, un trozo de papel milimétricamente cuadrado y poco a poco, con mucha tranquilidad iba dejando su cara libre de barba. Muy pocas veces vi que se cortara, así que lo hacía con sumo cuidado. En la ventana de esa parte del cuarto era donde los Reyes Magos me dejaban siempre un juguete en Navidad. A pesar de no tener calefacción ni nada parecido se dormía bastante caliente porque al estar las vacas justo debajo y ser el suelo de madera, nos daban calor. Y supongo que dormir juntos también ayudaría a ello.

La ventana de ese cuarto daba al tejado de un caseto que lo utilizábamos como cuadra para los cerdos. A veces hacían mucho ruido pero casi se pasaban todo el día durmiendo. Por las tardes, cuando se les limpiaba la cuadra, salían un rato a pasearse por fuera y ¡cómo lo dejaban todo!, hecho un desastre, hacían agujeros por todas partes. A veces tengo saltado desde esa ventana al tejado y después de un brinco al suelo, no recuerdo porque lo hacía, supongo que para librarme de la siesta... Momento en el que se cerraban todas las puertas que durante el día permanecían abiertas, no sé.